-Yo soy pura metafísica. Soy el ácido que corroe el hueso. Con mis demoledores deseos minimizo la esperanza y a la vez abono el espíritu.
La espiral gira sobre sí misma como todos los pensamientos que taladran tu sien.
La bipolarización que envuelve nuestra relación es asombrosamente bella. Gracias a mí alcanzas cimas jamás imaginadas, y gracias a ti me engrandezco al ver tu desmedramiento progresivo. Tu muerte te permite vivir. Tu vida comienza a yacer.
En medio de la plena oscuridad creo vislumbrar la silueta de un paisaje. Permanezco inmóvil. No se si estoy en ese lugar o si ese lugar esta en mi mente. Pero siento un inmenso frío. Ningún sonido quiebra la quietud de las sombras. No siento nada. Tampoco lo pienso. Solo estoy a merced de los hechos. Hechos de naturaleza dudosa, pues quién podría confirmar su existencia? Nadie.
Un fuerte destello reclama mi atención, miro hacia la izquierda y en la lejanía veo dos potentes luces blanquecinas que podrían unirse con una línea vertical. Los brillantes puntos se engrosan, un momento, la vista me engaña, no se trata de una lejana luz que aumenta en el cielo; es algo que se aproxima a mí a gran velocidad, su destello blanco se torna dorado. A medida que la distancia se reduce, logro avistar una inmensa libélula que reduce su marcha hasta aterrizar a mi lado. Una suave brisa acompaña sus movimientos y su hermoso halo de luz ilumina parte de los alrededores, estamos en una extensión plana cubierta de vegetación, a lo lejos está el mar; pero mi atención hacia lo que me rodea se desvanece, para concentrarse en la libélula roja. A pesar de su desmesurado tamaño no siento miedo, solo curiosidad. Fijo mi mirada en sus enormes ojos amarillos y siento la necesidad de entrecerrarlos. Transmite una reconfortante sensación mientras vierte su luz dorada sobre mí. Es extrañamente bella.
Permanecemos unos minutos observándonos. Ella fluctúa suavemente en el aire, hasta que una sensación aflora en mi estómago, asciende por mi garganta y me hace esbozar un sonrisa. Por fin experimento un sentimiento. Entonces baja al suelo, se sitúa a mi lado y comienza a caminar hacia el frente, al principio yo permanezco inmóvil. Ella se gira y me observa, quiere que la siga y así lo hago. Su compañía me proporciona luz y calor. A medida que avanzamos voy distinguiendo el paisaje y descubro que todo esta muerto, las plantas son de color negro o verde pardo. Permanecen inertes sobre la seca superficie. No veo ningún árbol, ninguna piedra, nada. El suelo no presenta elevaciones o descensos. Todo mi alrededor se haya exento de vida. Aquí el tiempo no existe. Solo el espacio.
Nos movemos continuamente pero no tengo la sensación de sucesión.
Miro hacia el suelo, a unos pasos de mí veo algo y me acerco a ver. Se trata de un papel. Lo tomo entre mis manos y trato de descifrar su contenido. Es una imagen dibujada con trazos toscos y torpes. Parece expresar rabia, ya que apenas se distingue nada. Sólo rayas difusas que se hunden por la celulosa. Lo devuelvo a su lugar y continúo con la marcha. Más adelante veo un nuevo papel, lo cojo, es otro dibujo. En él tampoco se puede apreciar nada en concreto, pero el simple hecho de mirarlo me hace sentir confusión. Sus trazos se pierden en la hoja, parece haber un indicio de figura, un ángel, pero todo se encuentra plagado de líneas confusas que extinguen su indicio de existencia. Al ver esos dibujos noto que algo cambia en mi interior, es como si hubiera algo familiar en ellos. Entonces decido volver hacia atrás y cogerlos.
-Espérame aquí.
Corro hasta que distingo el dibujo que antes vi en el suelo. Escruto nuevamente sus trazos, lo acaricio, las líneas parecen horadar en el papel como si hubieran sido excavadas. Expresa rabia.
Camino nuevamente hacia la libélula y continuamos andado. Es agradable ir junto a ella. Al ir en busca del primer dibujo volví asentir ese frío desolador y la triste oscuridad. Solo lo podría comparar a lo que me rodea en ese extraño lugar: nada. Lo doblo cuidadosamente junto a los demás.
De repente veo miles de papeles por el suelo, algunos están casi destruidos, quien sabe cuanto tiempo llevan allí. Algo me dice que los necesito, en mi estómago crece un hambre diferente. Me arrodillo en el suelo y ansiosamente tomo todos cuantos puedo y los observo. Todos dicen cosas. Parecen ocultarme un mensaje del que soy la única destinataria. Los más arrugados despiertan nostalgia en mi, es como si los hubieran pintado en un remoto pasado, conservan cierta inocencia y algunos resquicios de una triste felicidad. Los más nuevos en apariencia , parecen latir con más fuerza. Me traen sensaciones más recientes.
Una brisa se levanta, miro hacia atrás, la libélula se alza en un vuelo ascendente. Quiere llamar mi atención. De modo que abandono mi búsqueda de dibujos y me sitúo a su lado.
-De acuerdo...ya voy.-
Miro mis manos y las veo repletas de papeles que deposito en mi bolsillo con dificultad .
A lo lejos hay luz. Se ve una línea horizontal que divide la oscura nada en dos partes. De ella para abajo todo es negro y para arriba se puede observar un aura verdosa que se difumina en el ambiente. Se trata de un precipicio. Nos dirigimos hacia él. Una vez que mis pies están al borde siento que se avecina la soledad, miro a mi extraño acompañante, la libélula me devuelve la mirada durante unos segundos envueltos en incertidumbre y un apego inexplicable. Se marcha. Sube unos metros y se pierde en la lejanía reproduciendo la imagen que vi cuando lllegó, pero a la inversa. Siento tristeza por su marcha, pero entiendo que tenía que suceder así, ahora he de seguir yo sola. Suspiro profundamente y miro hacia abajo. El precipicio es bastante elevado, He llegado al mar. Su orilla esta plagada de una brisa de color verde que se hace más intensa donde rompen las olas. Vuelvo la vista hacia atrás: nada. Ni siquiera necesito tomar una elección, no queda lugar para la duda, de modo que extiendo los brazos en el aire y me entrego al vacío. He saltado. Por un momento todos mis miembros ondean en el aire. Mi pelo parece querer escapar, al igual que mi ropa. Durante toda la caída la risa más pura que pudiera imaginar desagarra mi garganta con dulzura, es una sensación maravillosa. El aire me golpea y me recorre hasta dejarme caer estrepitosamente al agua. Miles de gotas se despegan del mar para fundirse con la bruma y el sonido del silencio me envuelve nuevamente junto a incontables burbujas.
Silencio.
-¿Qué te pasa?
-No veo nada.
Todo transcurre a cámara lenta. Estoy suspendida en las cálidas aguas. Tampoco parece haber nada alrededor, pero no siento lo mismo que en la superficie, aquí todo es tranquilo, me siento protegida. La potente luz verde fluye desde las profundidades manteniéndome bajo los efectos de un mágico embrujo.
A mi espalda noto un sonido ahogado, miro y de repente algo se abalanza sobre mí, no sé de que se trata. Son unos instantes muy confusos. El miedo me rodea. Entonces me doy cuenta de que una enorme serpiente blanca se enrosca alrededor de mi cuerpo sin llegar a oprimirme demasiado. Es enorme. Dirijo mi desorbitada mirada hacia mi cintura y veo como la envuelve el desmesurado reptil. Sigo la línea de su cuerpo hasta toparme con su cabeza y a la vez que doy con ella se reducen mis espasmódicos movimientos, dejo de buscar la liberación y observo perpleja como la serpiente alza lentamente su cabeza hasta situarse frente a mi cara.
No es una gran serpiente, se trata de un pequeño dragón. Dos largos bigotes nacen sobre sus fauces y fluctúan en el agua. Ahora estoy más tranquila. Miro sus pequeños ojos negros y me pierdo en ellos, por momentos siento una potente conexión. Posteriormente escruto su anatomía. Lo que en principio parecían frías escamas, no son más que hebras de pelo cano que se mecen suavemente al compás de la marea.
Apoya una de sus garras superiores en mi hombro y deshace el lazo que me envolvía. Permanecemos inmóviles hasta que me aferro a su espalda y comenzamos a descender hacia las profundidades.
Tras recorrer varios kilómetros avistamos el núcleo generador de la misteriosa luz verdosa y nos acercamos a ver. Se trata de una enorme espiral tridimensional. Cuando observo sus líneas curvas me viene a la mente la imagen de un castillo flotante. No son planas, parecen estar hinchadas de aire. En el punto dónde se unen con las demás líneas curvas, el verde pierde intensidad y se torna a un color más oscuro. Me pregunto cuantos kilómetros de diámetro puede tener . y escucho el sonido que emite su continuo giro. Es una grave vibración que resulta muy armónica. De pronto recuerdo a la libélula roja, y comprendo que el dragón también me va a abandonar. Me giro hacia él y le acaricio el hocico. Una vez hecho esto el describe una pirueta sobre sí mismo y desaparece en la distancia a gran velocidad.
-Adiós.
Mi camino continúa aquí. Nado hasta el centro de la espiral y noto como destella con más potencia conforme me aproximo a él. Mi visión se ve nublada ante el despliegue de energía luminosa. Cierro los ojos y escucho como el envolvente sonido se intensifica. Tengo que guiarme mediante la intuición. De pronto siento un gran magnetismo, debo encontrarme sobre el punto origen de la espiral. Empiezo a bucear mientras mis sentidos se despliegan, cada vez percibo una mayor atracción. Extiendo las manos separando los dedos todo cuanto puedo y por fin toco algo de textura gelatinosa. Abro los ojos pero no logro ver nada, solo una luz cegadora que me obliga a sumirme de nuevo en la oscuridad. En sonido que se transforma en ruido, parezco estar en medio de un ciclón.
Entonces un tañido de campana ... la ominosa vibración viaja a lo largo de todo mi cuerpo, crispando mi piel, hasta que finalmente soy absorbida por la espiral.
En mi mente perdura la imagen difusa de un reloj de arena más primitivo que los retrógrados instintos animales. Describe perfectos giros sobre sí mismo, pero la arena que contiene en su interior permanece totalmente estática. Se mantiene inmóvil en el centro del reloj, bifurcando el arenoso caudal entre las dos partes del mismo. De pronto la magia se pierde en el estallido del cristal que protegía el tiempo y la dorada arena brilla mientras vuela por la atmósfera de mi mente.
Una sensación de comodidad me arropa suavemente. Los perezosos párpados esconden mis ojos y me limito a sentir. El espacio donde estoy tumbada se amolda a mi postura. Mi pecho fluctúa con lentitud, mientras un calor familiar acaricia mi piel. Giro la cabeza y escucho los movimientos de las partículas que se frotan en el suelo.
En el paladar aún late el dulce sabor del silencio más profundo. Pero poco a poco voy tomando conciencia del plano físico y noto como un extraño sueño se esfuma de puntillas, dejando como estela un ondeante espejismo.
Mi puño derecho se cierra suavemente sin yo desearlo. No quiero abrir los ojos. Aún no...
De repente me despierto, mis ojos luchan por ver, pero son inundados por una poderosa luz. Me incorporo hasta sentarme y en un intento de protegerme, abrazo mis rodillas mientras mis propios brazos me ocultan del vespertino resplandor. La incertidumbre del momento me sobrecoge. A lo lejos se aproxima la curiosidad, que termina poniendo su cálida mano en mi hombro y me ayuda a levantar la cabeza.
La luz se desvanece a la vez que mi mirada aprende a ver. Allí estoy, sentada en medio de un desierto interminable. Un cielo oscuro y suave cubre las alturas, jugando ha hacer jirones con las nubes. Frente a mí, dunas de oro que dicen ser arena prolongan su existencia hasta final de la imaginación. Un momento, en aquella mezcla homogénea algo reclama mi atención: justo debajo mía, una línea curva se extiende perpendicular a mi posición, dividiendo el desierto en dos mitades iguales.
Una suprema fuerza me hace ponerme pie y girarme. A penas puedo sostenerme, mis músculos flaquean y una sensación vertiginosa se agita en mi foro interno. Estoy a punto de desplomarme cuando lanzo una mirada al frente. Mis ojos se clavan en la dudosa realidad que se dibuja en el cielo. El sol se esta escondiendo en el horizonte, en su forma reconozco la espiral que encontré en las verdes aguas, la misma que me condujo al lugar donde me encuentro. ( El núcleo generador de energía. Una enorme espiral tridimensional, sus líneas curvas no son planas, parecen estar hinchadas de aire. En el punto dónde se unen con las demás líneas, el verde pierde intensidad y se torna a un color más oscuro). Revivo el momento y comprendo que estoy en el lado opuesto, en la cara oculta de aquella vibrante espiral. Alrededor del sol ondean sus rayos como si de cabellos rojizos se tratara.
Sobre el astro, se alzan imperiosas dos circunferencias, unidas por una fina barra de cristal que juega con su figura dibujando delicadas cenefas, una de ellas presenta tonalidades oscuras, al contemplarla un dolor conocido se desata en mi mente. La otra transmite una grata sensación de bienestar, parece estar vinculada con la naturaleza humana, con todos aquellos instintos sanos y auténticos .
La titánica grandeza de todo lo que me rodea me hace empequeñecer, hasta el punto de ser una diminuta concentración molecular, que solo puede maravillarse ante el onírico espectáculo. Al centrar mi vista en el lado izquierdo de la construcción, mis sentimientos más viscerales afloran desde el estómago, llegando a producirme arcadas.
Cada cúmulo de materia emite una serie de ondas invisibles que abarcan la totalidad del espacio. Es energía inmaterial, ni el ojo más atento podría captarla; pero ella sigue viajando con calma a lo largo de los planos de esta realidad. La siento como si fuera mía, noto como cada poro de mi piel se dilata al sentir su acercamiento. Noto como comienza a concentrarse en el pequeño habitáculo que mi cuerpo constituye.
Una profunda respiración llena mis pulmones y empiezo a comprender de forma dolorosa. Dirijo una furtiva mirada hacia mis manos que se han llenado de dibujos arrugados y húmedos, aquellos que encontré esparcidos por la oscura nada; comienzo a analizarlos de nuevo. Al mirarlos, se proyecta un recuerdo en el lienzo de la memoria. Veo una niña dibujando aquellas líneas. La espinas de la rabia se hunden con avidez en las manos del dibujante. Son recuerdos de determinados momentos que ella vivió. Sensaciones plasmadas en papel. Veo sus manos trazando nubes negras cargadas de tormentas, sus propias tormentas... Veo como cada una de sus lágrimas cae contra el papel produciendo un sonido sordo para luego pasar a formar parte de él. Pierden su anterior forma, dejan su esencia en la caída. Mientras tanto, un velo borroso esconde la identidad de aquella joven figura.
Nubes.... Mi mano izquierda toma un dibujo en concreto, ya no esta arrugado, ni tampoco mojado. Su configuración es nueva, todas líneas cobran sentido y adoptan una forma determinada. Han dejado de ser líneas confusas para convertirse en eso... en nubes oscuras.
Sin saber por qué me llevo las manos a la cabeza dejando caer todos los dibujos, formando un otoño de papel a mi alrededor y me doy cuenta de que algo me cubre, es un velo blanco, es el mismo que llevaba la niña de las lágrimas. Mis manos tensan cada tendón, cada músculo hasta llegar hasta él. La rabia me azota mientras arrugo y finalmente lo arrojo al suelo. Soy la dibujante. Yo soy la que crea el vacío, la que lo alimenta y la que a veces lo mata.
Al comprender aquello algo se rompe en mi alma y la fina barra de cristal que unía las dos esferas llega a un punto de inflexión. Amenaza con quebrar el armonioso equilibrio. Las esferas se tambalean, el suelo se agita bajo mis pies. Los estertores de la destrucción pisan con fuerza y aplastan el agónico paisaje. Uno a uno los colores van muriendo, van abandonando esta necia ilusión. Sólo perdura el gris ceniciento, el color del espacio paralelo a la nada.
El sol emite un rayo fulminante que oscurece los resquicios de un pasado cielo y el negro más profundo pinta las paredes de muerte. El encanto y mi felicidad, se desvanecen, todo cae junto al tiempo. Las ideas se derrumban dejando atrás un fragoroso temblor.
El vacío habló.
No sabría decir cuanto tiempo hizo falta para que ella abriese los ojos ya que en estos espacios infinitos todo aquello que tiene fin en sí mismo carece de lugar. Pero un día la niña despertó, sólo percibió una impenetrable oscuridad a su alrededor. De modo que se llevó las manos a los bolsillos y extrajo un pincel, luego tanteó el suelo y encontró una paleta de madera de tacto suave y familiar. Entonces comenzó a difuminar suaves pinceladas sobre la mismísima nada.
A partir de aquel momento la oscuridad dejó de ser tan profunda.